como si te hubieras criado en una villa, por patricio bottos


–¿No podías avisarme al menos? –dice Andrés.
–¿Qué querías que te dijera? –dice Paula–. Si voy a calentarme por cada cosa que dice mamá –le examina la cara–. Tenés que ponerte hielo.
–El tipo quería seguirla –dice Andrés–. Decí que alcancé a meterle una piña en la nariz.
–Tenés todo el ojo morado –dice Paula y abre la heladera. Envuelve unos hielos en una servilleta y se los alcanza–. Ponételo un rato para que no se te hinche más –se seca las manos en el camisón–. ¿Dónde estaba?
–Acá abajo. En la puerta del edificio.
–A la vista de todo el mundo –dice ella–. Yo me muero.
–Me hizo mierda. ¿Me podés decir qué carajo le dijo mamá para que el tipo viniera hasta acá?
–Qué se yo, le dijo que era un sinvergüenza creo, o un degenerado –Paula se interrumpe abruptamente–. Lo que lo debe haber vuelto loco fue cuando mamá le dijo que vos ibas a ir a buscarlo para cagarlo a palos. Debe haber sido eso.
–¿Que yo iba a ir a buscarlo para cagarlo a palos? Hay que ser boluda –dice él–. ¿Y eso fue ayer?
–Sí, ayer a la noche. Lo llamó por teléfono.
Andrés se quita el hielo de la cara y la mira fijo.
–Vos me tendrías que haber dicho. El tipo me podría haber matado.
–Ayer estabas en lo de tu novia. Además, pensé que él se iba hoy a la mañana.
Andrés se coloca nuevamente el hielo sobre la ceja.
–Te lo buscaste de Harvard, eh –dice.
Paula se calza unas ojotas y sale. Andrés mira la mesada y se levanta. Hay un paquete de galletitas abierto y una taza de té semi vacía. Sobre la cocina hay una sartén con salsa. Paula vuelve con una caja de pañuelos de papel. Saca uno y se suena.
–Ah, me olvidaba, mamá llamó hace una hora. Dijo que había entrado una urgencia en el hospital y que iba a llegar más tarde.
–¿Para eso llamó? –pregunta él.
–Dijo que te preparara algo de comer. ¿A qué hora te vas a la facultad?
–En una hora. Encima hoy tengo examen.
Paula mira el reloj de la pared.
–Te preparo unos fideos, entonces –dice y señala la sartén–. Usamos la salsa de ayer.
–Así que le dijo que yo lo iba a cagar a palos.
–Sí. Mamá quiere cuidar el honor de la familia –dice Paula. Abre la puerta de la alacena y mira dentro–. No hay cacerolas –dice.
–¿Ahí abajo no hay? –dice Andrés y señala una caja.
–No, acá están los platos y los vasos.
–Entonces deben haber quedado todas allá –dice Andrés–. Las trae mañana el camión de la mudanza con el resto de los muebles. Hacelos en la cafetera, si no.
Paula huele la cafetera. La lava, la llena con agua caliente y la coloca sobre el fuego.
–¿Y a dónde se iba? –pregunta Andrés.
–¿Quién?
–Tyson.
–Se llama Francisco, tarado –dice ella.
–¿A dónde se iba?
–A Posadas se va.
–¿Cuánto tiempo? –dice él.
–Seis meses. Es lo que dura el entrenamiento.
–¿En seis meses ya sos paracaidista?
–Él ya había hecho un curso antes. Si no es como un año en total.
Andrés abre la servilleta. Toma un hielo, se lo pasa por la frente y se lo mete en la boca.
–No entiendo qué le viste al tipo ese –dice y muerde el hielo.
–¿Y qué te importa a vos? –dice Paula. Mira el agua hirviendo en la cafetera y coloca los fideos. Sobresalen los extremos. Los empuja contra el fondo con un tenedor. Los fideos se sumergen y al rato vuelven a sobresalir.
–No entran –dice ella y aplasta los fideos con la mano.
–Partilos al medio, Einstein –dice él.
Paula lo mira con atención. Toma los fideos por los extremos que sobresalen, intenta partirlos al medio, se quema y los suelta de golpe sobre la mesada.
–La puta que lo parió, Einstein –dice ella y sacude las manos–. Me quemé toda –abre la canilla y pone las manos debajo del agua.
Andrés se levanta, junta los fideos con la mano, los parte y los pone de nuevo en la cafetera.
–¿Vos no vas a comer? –pregunta él.
–No tengo hambre. Me siento mal.
–¿Qué te dijo el médico?
–Mañana voy –dice ella.
–¿El test no puede haber dado mal?
–No. Esas porquerías dan siempre bien.
Andrés se sienta al lado de la mesa y enciende la televisión. Paula revuelve los fideos.
–Está bueno el departamento –dice ella–. Acá no te jode nadie.
–A vos no te jode nadie –dice Andrés–. Acá no podés escuchar música, no podés tener perro. Allá en la casa estábamos mejor.
–Allá había que aguantar a la tía y a la abuela. Mamá no quiere que se enteren que estoy embarazada. Te aviso por si llaman.
–Toda esta movida es al pedo. Si a la larga se van a enterar –con una mano sostiene el hielo sobre su cara y con la otra el control remoto. Cambia los canales en la televisión. Se escucha un ruido de llaves en la puerta. Entra la madre, una mujer de unos cincuenta años, más bien gorda, con un cigarrillo en la boca. Se descuelga la cartera de su hombro, da una pitada larga y apaga el cigarrillo. Exhala el humo por la nariz, saluda con el seño fruncido y se encierra en el baño. Andrés y Paula la han seguido con la vista.
–Hoy vino mal –dice Paula.
–Como siempre –dice él y cambia de canal.
Al rato la madre sale del baño descalza, con una cajita de un test de embarazo.
–¿Y esto qué? ¿Lo guardás de recuerdo? –le dice a Paula y tira la cajita a la basura. Lo mira a Andrés y hace un gesto de asco.
–¿Qué te pasó en la cara? –le dice.
–Me crucé con Tyson antes de entrar .
–¿Con quién? –dice la madre–. ¿Qué estaba haciendo?
–No sé, me estaría esperando –dice él–. ¿Vos le dijiste que yo lo iba a cagar a palos?
–¿Yo?
–Casi me mata, mamá.
–Qué degenerado. Ponéte algo, querés.
–Ya me puse –dice Andrés y se coloca el hielo en la cara.
La madre abre la heladera, se sirve un vaso de soda y toma una aspirina. Mira la cafetera y ve los fideos hirviendo dentro.
–¿Quién puso esto acá? –dice y mira a Paula fijamente–. ¿Sos tarada?
Paula no dice nada. Sale de la cocina y entra en el baño.
–Para eso te mandé al mejor colegio. Como si te hubieras criado en una villa –la madre saca la cafetera del fuego y tira los fideos en la pileta. Abre la canilla–. Parece que disfrutaras haciéndome esto –lava la cafetera con fuerza.
–Yo le dije que los hiciera en la cafetera, mamá –dice Andrés. Se levanta y mira los fideos flotando en la pileta llena de agua y jabón.
La madre cierra la canilla, sacude la cafetera y se seca las manos con un repasador. Saca un cigarrillo de un paquete y lo enciende.
–Agradecele a tu hermana que te quedaste sin comida –dice. Toma un cenicero y camina con los zapatos en la mano hacia su habitación.

no es vida, por patricio bottos



–Poneme un poco más que tengo sed –dice el hombre y extiende el vaso.
La mujer echa un poco de vino tinto y unos hielos.
–¿Y vos qué vas a tomar? –pregunta él.
–Ya me hice un Gancia.
El hombre saca las dos últimas milanesas de la sartén, apaga el fuego y se descuelga un delantal de toalla con una inscripción que dice my kitchen. Apoya la bandeja con las milanesas sobre la mesa. Se sienta con cierto esfuerzo. Se escucha una sirena que viene de la calle: al principio suena fuerte, después el ruido va bajando, y finalmente desaparece. El hombre se seca el sudor de la frente con el canto de la mano.
–¿El ventilador está encendido? –pregunta él.
–Sí –dice ella–. ¿No se nota? –Un mechón de pelo gris le cae por la frente. Ella se arregla el pelo con una peineta.
–Será que todavía estoy impresionado.
–¿Y Virgilio cómo se enteró? –pregunta la mujer.
–Me dijo que le fue a llevar una carta ahora a la noche. Estuvo insistiendo un rato con el timbre. Como no le atendía nadie y las perras ladraban como locas, Virgilio fue a buscar el juego de llaves del departamento. Fue cuando venía con las llaves que me lo crucé en el hall.
–¿Y ella qué dijo cuando los vio?
–Nada, pobrecita. Al principio no dijo nada porque estaba como inconsciente. ¿Te conté que cuando entramos al departamento las perras se nos vinieron encima?
–Esas perras son unas histéricas –dice ella, y sirve dos milanesas y un poco de ensalada en cada plato.
–A Virgilio la chihuahua le tiró un tarascón a la rodilla. Las otras dos nos ladraban y hacían pis por cualquier lado. Un desastre. Mientras Virgilio las metía en la habitación de servicio, yo fui a la habitación de ella. Cuando la vi me quedé helado –él mira fijo un punto perdido–. La pobre viejita estaba en camisón, tirada en el piso boca arriba. Toda blanca, con la boca y los ojos abiertos. Así estaba –el hombre abre grandes los ojos y la boca y se queda quieto un instante hasta que la mujer lo ve–. Dijo que había estado pidiendo ayuda pero que no le salía la voz. El piso estaba todo mojado, para mí que se orinó.
–Ay, Dios mío –dice la mujer, que cierra los ojos y hace un gesto de asco.
–Parece que se levantó para ir al baño, se tropezó con no sé qué y se cayó. Dijo no se podía levantar, que no tenía de dónde agarrarse.
Él come un bocado tras otro con la cabeza muy cerca del plato.
–Debe haber estado así todo el día. Pobrecita –dice–. Los enfermeros dijeron que fue un pico de hipertensión. Parece que te agarra así como un mareo, y que te desmayás y después no te acordás de nada.
–Ni me hables. ¿No tiene el marido internado, encima?
El hombre asiente.
–¿Se sabe al final dónde está? –dice ella.
–¿Quién, el marido? Me dijo Virgilio que lo tienen en una clínica geriátrica. Después del ataque quedó así, sin movilidad.
–Hemipléjico –acota ella.
–Y no sé cuándo va a volver a caminar –dice él y hace una pausa–. Si vuelve a caminar. Lo peor, pobre gente, es que no tienen a nadie que los cuide. Porque ese sobrino...
–Ay, mirá, ni me hables –dice ella–. Por eso yo digo, cuando esté así, que no me lleven a un geriátrico porque me mato. Creo que no soportaría verme así. Escuchame, ¿qué vida es esa? –la mujer niega con la cabeza. –No es vida–.
El hombre y la mujer comen en silencio. Vacían sus platos de a poco.
–La verdad que le podríamos dar un juego de llaves a Virgilio, ¿no? –dice él.
–Vos estás mal –levanta la voz la mujer–. Ni loca le doy las llaves a nadie. Mirá si voy a dejar que nada menos que Virgilio tenga las llaves de casa. Lo único que falta.
–¿Qué tiene?
–¿Vos me estás tomando el pelo? El día menos pensado te desvalijan la casa. Ni loca, yo no le doy las llaves a nadie.
La mujer termina de comer y se levanta.
–¿Vas a comer más? –le pregunta al hombre.
–No. Por mí levantá.
Ella lava los platos en silencio. Él se pasa un escarbadientes por la boca. Al rato se levanta y entra en el baño. Se cepilla rápidamente los dientes. Se mira en el espejo, primero un perfil, luego el otro. Se toca las bolsas debajo de los ojos. Apoya las yemas de los dedos en la cara y tira para abajo la piel de las mejillas hasta que las bolsas desaparecen. Suelta la piel, se mira en el espejo por última vez y apaga la luz. Sale del baño y entra en el cuarto.
La mujer está echada en la cama, con los ojos cerrados y las manos en el pecho.
Él la mira y enciende el ventilador.
–Eh, ¿ya te dormiste? –dice.
La mujer no responde. Él se desviste y se recuesta sobre la cama. Apoya suavemente una mano en el hombro de la mujer y le acaricia el cuello. Ella ronca despacio. El hombre enciende un cigarrillo y fuma. Mira el ventilador en el techo: por momentos parece que las aletas giraran en sentido contrario. Mira a la mujer dormida a su lado. Termina el cigarrillo, se acuesta en la cama sin taparse y apaga el velador.

dibujos en azul, por patricio bottos


La nena apareció esa mañana como un punto en el horizonte. La vi a lo lejos. Parecía que no se movía. El sol le daba en el pelo rubio. Entré y le comenté a Adela lo que había visto pero no me prestó mucha atención. Pensó que le estaba contando un sueño. Al rato, cuando volví a salir, la nena estaba paradita en la entrada de casa. Todavía no sabemos cómo habrá llegado hasta acá, de qué se andaría escapando. Adela y yo la vimos y no lo podíamos creer. Una nena de unos cuatro años parada en la puerta de casa. Estaba ahí quietita, con pasto en el pelo y la cara sucia. Tenía unos ojos celestes inmensos. Nosotros la bautizamos Celeste.

Adela apenas la vio se fue adentro, llenó un vaso con agua y se lo dio. La nena lo agarró con las dos manos, nos miró, y empezó a tomar sin parar. No hablaba. Sólo tomaba. Pobrecita, cómo no iba a tener sed, si debe haber estado caminando horas y horas bajo el sol, tragando polvo sin parar con el viento que soplaba. Es así por acá: puede caer la peor tormenta, pero al rato el suelo chupa todo. Es pura arena lo que hay abajo. Por acá está todo seco, tan seco que no dan ganas de plantar nada.

A veces pienso que Celeste fue una bendición de Dios. Lástima que todo haya durado tan poco. La hicimos entrar en casa y la sentamos en la mesa. Cómo te llamás, le preguntábamos. Ella no nos decía nada. Le dije a Adela que había que avisar a la policía. Ella me dijo que sí, que llamáramos, pero sin muchas ganas. Estaba fascinada. Viste los ojos que tiene, me decía, mirá esos ojos. Hablé con la comisaría, me hicieron unas preguntas y me dijeron que el comisario se iba a encargar del tema.

Se hizo mediodía. Le dije a Adela que teníamos que darle de comer y ella cocinó algo con lo que había. Llamé al estudio y le dije a José Luis que no podía ir. Adela también faltó al colegio. De pronto nos había cambiado la vida.

Se hacía la tarde y el comisario no venía. Celeste nos miraba y no nos hablaba. Del miedo, seguro. En eso Adela fue hasta el cajón de la cómoda, donde ahora están los dibujos de Celeste, agarró algunas hojas en blanco y un lápiz negro y se los dio. La nena al principio no hacía nada. Pasaba el tiempo y nada. Adela dijo que era mejor dejarla un rato sola, para que no se sintiera observada. Yo no sé cómo hace para entender así a la gente. No hay vuelta que darle. Al ratito Celeste estaba haciendo unos garabatos. Pero claro, con un lápiz negro se iba a aburrir rápido. Por eso fui de nuevo al cajón y busqué unos lápices de colores, uno azul y otro rojo. Ese cajón es un desorden. Adela sabe que ahí hay muchas cosas que están de más. Pero ella mira todo y no tira nada, porque tiene alma de coleccionista. Fotos, papeles, boletas. De todo junta. El otro día estábamos haciendo un poco de orden. Cuando le sugerí así al pasar tirar las ecografías casi me mata. Que ahí está Julián, que es lo único que tenemos de él, que no ocupan nada de lugar, en fin. Yo no le dije nada: el problema no es sólo el espacio, es que algunas cosas ya es mejor olvidarlas.

A todo esto, Moro, el perro, estaba un poco celoso. Olía a la nena y nos miraba. Estaba nervioso con tanto lío que se había armado. Hasta que al fin se cansó y se fue a la puerta. Celeste no paraba de dibujar. En un recreo que se tomó, caminó hasta el perro, se agachó y le tocó la cabeza. El Moro estaba contento de que alguien le jugara. Se tiraba patas para arriba para que ella le hiciera caricias en la panza. Ahí se me ocurrió subir a Celeste encima del Moro. De chico me encantaba subirme a caballito del perro que teníamos. Cómo lo cansaba al pobre. El Moro caminaba y movía el pecho. Le hacía cosquillas en las piernas a Celeste y ella se reía como un ángel.

Estábamos por cenar cuando llegó el comisario. Dónde está la nena, preguntó. La miró como si estuviera viendo a un sospechoso. Me hizo firmar unos papeles y me dijo que no podía llevársela esa noche. La jueza estaba de feria. Me dijo que en unos días íbamos a tener novedades. Con Adela nos miramos. Estábamos contentos de que Celeste tuviera que quedarse con nosotros. Cenamos por fin, los tres, aunque Celeste casi no tocó la comida. Pobre Adela: decía que la nena estaba muy flaquita, que tenía que comer cosas sanas. Por eso había querido cocinar verduras. Pero a los chicos no les gusta la verdura.

A la noche salimos a la puerta a ver las estrellas. Soplaba una brisa suave. Vi a Adela ahí sentada, hamacándose en la silla con Celeste y sentí una alegría inmensa. Ahí nomás pensé en el día de nuestro casamiento, doce años atrás. Parece mentira. Esa noche, en la fiesta, cuando la vi a Adela bailando con mi suegro, me vino un instante de alegría igual. Debe ser que la felicidad viene así, como un rayo. Viene sin llamar. Uno no lo controla. Pasa y se va, y deja una marca. Lástima que esos momentos no se den más seguido.

Nos quedamos en la puerta de casa hasta que los cascarudos nos dejaron. Apenas se encendió el farol empezó a llenarse todo el piso de bichos y tuvimos que entrar porque la nena se asustó. No hacen nada, pero ella les tenía miedo. Celeste se acostó con nosotros en medio de los dos. A la medianoche me desvelé y vi que Celeste no estaba en la cama. Se había levantado. Estaba en puntas de pie, con los codos apoyados en la cómoda, mirando el cielo por la ventana de la habitación.

Al otro día fui al estudio temprano para que no me hicieran lío y volví para el mediodía. Adela volvió a faltar al colegio. Dio parte de enferma. Cuando llegué estaba cocinando. Cantaba. Me llamó la atención, porque Adela no es de cantar. Fui a dejar las llaves y cuando pasé por el comedor vi sobre la mesa unos dibujos en azul. Colgué las llaves. Viste los dibujos, me preguntó Adela. Se secó las manos y vino hasta la mesa. Mirá lo que dibujó, me dijo, y me mostró dos hojas llenas de garabatos. Mirá, estos dos somos nosotros, dijo Adela, señalando unos óvalos. Este es el sol, ves los rayos. Esta es ella y este es el Moro. Adela me miró y me dio un beso. No hay vuelta que darle, cómo entiende Adela a los chicos. Por algo la quieren tanto en la escuelita. A mí nunca se me hubiera ocurrido. Yo veía sólo unos redondeles, unas rayas. Pero Adela los entendió así como así. En el otro dibujo había una casa y un árbol. Todo en azul. El lápiz rojo lo había dejado en el piso.

A Adela y a mí la felicidad se nos da con cuentagotas. Dios nos da nueve y nos saca diez, se queja a veces Adela. Yo no sé qué decirle.

A la tardecita del segundo día cayó el comisario. Vine a llevarme a la nena, dijo, y nos mostró la orden de la jueza. Ni siquiera la leí; se la di directamente a Adela. Por un momento habremos pensado que el sueño iba a durar toda la vida, no sé. El comisario se subió en brazos a Celeste y caminó hasta el auto. Ella miraba por encima de su hombro. Con una mano lo abrazaba, y con la otra, bien apretados, se llevaba el lápiz azul y una hoja. Andá a saber cuándo la hubieran venido a buscar si no llamabas a la policía, dijo Adela sin mirarme y se fue adentro. Me quedé parado en la puerta viendo cómo Celeste y el comisario se alejaban, hasta que el auto se volvió un punto en el horizonte.