El maldito Leibnitz
A propósito, estaba leyendo un libro y me enteré que Leibnitz, el filósofo alemán, escribió a largo de sus 70 años de vida unas 200.000 páginas, algo así como mil novelas de 200 páginas. Hice el siguiente cálculo: escribiendo 50 años de su vida, todos los santos días de su vida, escribía a un ritmo de 10,2 páginas por día, una cifra escalofriante, más si pensamos que en algún momento tenía que cagar este hombre. Es evidente que antes no había tele.
Acerca de Glosa, de Juan José Saer
Esto lo escribí en marzo de 2000. Acababa de leer Glosa. El otro día reencontré el archivo y decidí subirlo al blog. Dice así.
Tuve la suerte de acercarme a una novela excelente en este tiempo, en estos últimos meses. Me acerqué, quizás, llevado por la más que buena impresión que me habían dejado otras obras anteriores del autor, Sombras sobre un vidrio esmerilado y Cicatrices. El autor del que hablo, valga la aclaración, es Juan José Saer, cuya obra, dicen en las contratapas, define uno de los caminos centrales de renovación en la literatura argentina después de Borges. Vacilo un rato y concluyo: no sé; yo no soy crítico.
Lo qué sí sé, o creo, bah, es que algunos párrafos del texto me han dejado, como se dice, o mejor dicho, como dice un servidor, obnubilado, encantado, alucinado, maravillado, meditabundo, cautivado, absorto–en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser más exacto, todo eso.
Y bueno, en este pequeño homenaje, me propongo citar algunos párrafos, para maravillarme de tanto en tanto, releyendo estas líneas de una terrible belleza estética, si se me permite la asociación aparentemente un poco contradictoria, entre aquel adjetivo y este sustantivo. Los párrafos, y las páginas entre paréntesis corresponden a la edición que en estos momentos tengo en mis manos, que es una edición de Seix Barral del año 1995. Sin dar más vueltas, vayamos a lo nuestro.
"Al cabo de un rato, como ya eran las dos de la mañana y el poeta había dicho doce menos cuarto doce, y como la mesa que ocupaba era el único islote estrecho rodeado por un mar de sillas dadas vuelta sobre las mesas y el suelo en el que apoyaba sus pies el único fragmento, de dos metros cuadrados, en que el piso no relucía listo para la apertura del día siguiente, el Matemático plegó en cuatro los Catorce Puntos, recogió su pipa apagada, pagó los dos cafés y salió a la calle. Un sentimiento nuevo se mezclaba a su humillación y a su rabia: la desesperación que sentimos cuando comprobamos que, por intenso que sea nuestro deseo, los planes de lo exterior no lo tiene en cuenta." (42)
Saer describiendo sentimientos, sensaciones, que no sólo son difíciles de definir, sino de interpretar.
"Leto ya no se ríe. La palabra radiotelefónico trae, como pegada en el reverso, la imagen de su padre: pero no es la tristeza lo que ha borrado la risa de su cara, sino esa gravedad un poco mecánica que asumimos cuando, con su llamdo insistente, un pensamiento o un recuerdo tratan de atraernos hacia el interior. Durante unos segundos, la narración del Matemático, intensa y bien detallada, se vuelve, poco a poco, palabras sueltas, ruido carente de sentido, rumor lejano, como si, a pesar del ritmo idéntico de la marcha y de los brazos que casi se rozan, caminasen por espacios disociados, probando en qué medida un recuerdo puede separar a dos hombres, hasta que, por fin, el llamado se desvanece, no sin dejar una huella imprecisa en su interior, como una mancha de la que se ignora el origen impresa en una pared blanca, de modo que la expresión de Leto se vuelve otra vez sonriente y atenta y las palabras del Matemático que, como veníamos diciendo, ¿no?, le está contando a Leto el cumpleaños de Washington Noriega, salen del horizonte de ruido y continúan llenando de imágenes, no siempre adecuadas, su cabeza." (48-49)
También hay lugar para la riqueza semántica. Las palabras se amontonan, se husmean, se combinan, juegan, se ensanchan, dando como resultado de esta nueva alquimia, un texto fresco y poderoso, mágico, impensable hasta hace momentos.
"El incidente Tomatis, masa blanda y oscura que acaba de enchastrar la mañana con sus salpicaduras pegajosas, se desintegra en el pasado, que es tiempo y calle recta a la vez, materia y soplo o fluido o quién sabe qué entrelazados, que la sucesión cristalina pero áspera de la experiencia, con ecuanimidad insondable, va descartando y dejando atrás –atrás, ¿no?, o sea en un abismo, más allá, en lo que es, por definición, inaccesible, y de lo que, piensan Leto y el Matemático, al unísono, si se nos permite la expresión, y con nada que tenga que ver con palabras, “no vale la pena ocuparse, en este momento por lo menos, en que un capricho de la contingencia, un azar convertido en don, una concatenación de los grumos dispersos de lo visible y de lo invisible, de los cuajarones inciertos de lo sólido, de lo líquido y de lo gaseoso, de lo orgánico y de lo inorgánico, de ondas y corpúsculos, ha venido justo a depositar en nosotros, en el centro traslúcido de esta mañana y no de otra, una reconciliación salvadora"." (184)
Tuve la suerte de acercarme a una novela excelente en este tiempo, en estos últimos meses. Me acerqué, quizás, llevado por la más que buena impresión que me habían dejado otras obras anteriores del autor, Sombras sobre un vidrio esmerilado y Cicatrices. El autor del que hablo, valga la aclaración, es Juan José Saer, cuya obra, dicen en las contratapas, define uno de los caminos centrales de renovación en la literatura argentina después de Borges. Vacilo un rato y concluyo: no sé; yo no soy crítico.
Lo qué sí sé, o creo, bah, es que algunos párrafos del texto me han dejado, como se dice, o mejor dicho, como dice un servidor, obnubilado, encantado, alucinado, maravillado, meditabundo, cautivado, absorto–en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser más exacto, todo eso.
Y bueno, en este pequeño homenaje, me propongo citar algunos párrafos, para maravillarme de tanto en tanto, releyendo estas líneas de una terrible belleza estética, si se me permite la asociación aparentemente un poco contradictoria, entre aquel adjetivo y este sustantivo. Los párrafos, y las páginas entre paréntesis corresponden a la edición que en estos momentos tengo en mis manos, que es una edición de Seix Barral del año 1995. Sin dar más vueltas, vayamos a lo nuestro.
"Al cabo de un rato, como ya eran las dos de la mañana y el poeta había dicho doce menos cuarto doce, y como la mesa que ocupaba era el único islote estrecho rodeado por un mar de sillas dadas vuelta sobre las mesas y el suelo en el que apoyaba sus pies el único fragmento, de dos metros cuadrados, en que el piso no relucía listo para la apertura del día siguiente, el Matemático plegó en cuatro los Catorce Puntos, recogió su pipa apagada, pagó los dos cafés y salió a la calle. Un sentimiento nuevo se mezclaba a su humillación y a su rabia: la desesperación que sentimos cuando comprobamos que, por intenso que sea nuestro deseo, los planes de lo exterior no lo tiene en cuenta." (42)
Saer describiendo sentimientos, sensaciones, que no sólo son difíciles de definir, sino de interpretar.
"Leto ya no se ríe. La palabra radiotelefónico trae, como pegada en el reverso, la imagen de su padre: pero no es la tristeza lo que ha borrado la risa de su cara, sino esa gravedad un poco mecánica que asumimos cuando, con su llamdo insistente, un pensamiento o un recuerdo tratan de atraernos hacia el interior. Durante unos segundos, la narración del Matemático, intensa y bien detallada, se vuelve, poco a poco, palabras sueltas, ruido carente de sentido, rumor lejano, como si, a pesar del ritmo idéntico de la marcha y de los brazos que casi se rozan, caminasen por espacios disociados, probando en qué medida un recuerdo puede separar a dos hombres, hasta que, por fin, el llamado se desvanece, no sin dejar una huella imprecisa en su interior, como una mancha de la que se ignora el origen impresa en una pared blanca, de modo que la expresión de Leto se vuelve otra vez sonriente y atenta y las palabras del Matemático que, como veníamos diciendo, ¿no?, le está contando a Leto el cumpleaños de Washington Noriega, salen del horizonte de ruido y continúan llenando de imágenes, no siempre adecuadas, su cabeza." (48-49)
También hay lugar para la riqueza semántica. Las palabras se amontonan, se husmean, se combinan, juegan, se ensanchan, dando como resultado de esta nueva alquimia, un texto fresco y poderoso, mágico, impensable hasta hace momentos.
"El incidente Tomatis, masa blanda y oscura que acaba de enchastrar la mañana con sus salpicaduras pegajosas, se desintegra en el pasado, que es tiempo y calle recta a la vez, materia y soplo o fluido o quién sabe qué entrelazados, que la sucesión cristalina pero áspera de la experiencia, con ecuanimidad insondable, va descartando y dejando atrás –atrás, ¿no?, o sea en un abismo, más allá, en lo que es, por definición, inaccesible, y de lo que, piensan Leto y el Matemático, al unísono, si se nos permite la expresión, y con nada que tenga que ver con palabras, “no vale la pena ocuparse, en este momento por lo menos, en que un capricho de la contingencia, un azar convertido en don, una concatenación de los grumos dispersos de lo visible y de lo invisible, de los cuajarones inciertos de lo sólido, de lo líquido y de lo gaseoso, de lo orgánico y de lo inorgánico, de ondas y corpúsculos, ha venido justo a depositar en nosotros, en el centro traslúcido de esta mañana y no de otra, una reconciliación salvadora"." (184)
Julio Cortázar, Rayuela. 84. Modelo para reflexionar.
Dice Oliveira: “Hay líneas de aire a los lados de tu cabeza, de tu mirada. Zonas de detención de tus ojos, tu olfato, tu gusto. Es decir que andás con tu límite por fuera y más allá de ese límite no podés llegar”. “Cuando creés que has aprehendido plenamente cualquier cosa, la cosa, lo mismo que un iceberg, tiene un pedacito por fuera y te lo muestra, y el resto enorme está más allá de tu límite”.
Julio Cortázar escribe, Héctor Oliveira narra, el lector piensa y se somete a las nuevas reglas. La literatura se asfixia por exceso de convencionalismos y de seriedad, escribe Vargas Llosa, hay que purgarla de retórica y lugares comunes, devolverle novedad, gracia, insolencia, libertad; el estilo de Cortázar tiene todo eso. Cortázar juega, Oliveira enloquece; el lector se desorienta, se aturde y se cansa. El lector se hace niño y aprende a jugar.
Cortázar piensa en el capítulo 62 de su novela, Rayuela, y escribe otra novela. 62. Modelo para armar. ¿Qué pasaría si alguien pensara en cualquier otro capítulo, por ejemplo el 84, y escribiera algo? ¿Sería plagio? Que Julio no lo permita. ¿Qué dice el capítulo 84? El capítulo 84 no dice nada. Nada que no escape al espíritu de Rayuela. Es un capítulo más. Pasa desapercibido. Se funde, se confunde y se mimetiza con el resto. ¿Dónde lo ubica Cortázar? En la sección De otros lados. O sea, por el éter insolente de las morelianas, artículos de diario y demás faltas de respeto. El que narra es Oliveira, sí. Menciona a Ossip y a Etienne, también es verdad. Pero no hace a la historia. Aunque en verdad sí. O no.
Héctor Oliveira no es René Descartes. Sin embargo duda, toma conciencia de la importancia de la duda, usurpa territorios filosóficos y no da cuantas a nadie. Héctor Oliveira soy yo, sos vos, somos todos. Oliveira habla de biología en el capítulo 84. Error. Oliveira usa metáforas de contenido biológico: habla de amebas y pseudópodos. Tal vez. En fin, Oliveira da vueltas, como todos, intentando describir algo que no se puede decir con palabras. Comienza una vez, y otra vez, y otra. Comienza pero nunca termina, porque la idea en sí no tiene límites. La idea no comienza ni termina en ningún lado. ¿Cuál es la idea de Oliveira? La idea de Oliveira es más o menos así: “Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que llaman la madurez, el hombre hecho y derecho). En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo su parcelado ser, sus seudópodos irregulares, la sospecha de que más allá, donde ahora veo el aire limpio, o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción, yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro, me estoy esperando inútilmente”. No entiendo de qué está hablando, piensa el lector blando. Que no hable más, piensa el lector duro. Oliveira habla y nos muestra, quizás sin saberlo, la otra parte del iceberg, la que está sumergida, más allá de nuestros límites. Es el Oliveira de siempre. Sin razón, sin forma, mejor dicho, deformado. Continúa.
“A la ameba uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón –cuando quisiera conocer–, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación”. Oliveira tiene una idea y la expresa. Su carencia de claridad y de límites precisos no empaña la comunicación.
Dos personas ven una lámpara. Cada una tiene una reacción diferente. ¿Será posible, entonces, piensa Oliveira, que la aprehensión de la lámpara no tenga una forma única? Si esto es así, el conocimiento no tiene una forma propia. Por ende, la soberbia del conocimiento-roca, del conocimiento total, a prueba de invasiones y dislocaciones, se desvanece sin gloria.
Leo el capítulo 84 de Rayuela. Dudo. Anoto: todo lo que sé tiene una forma, pero puede tener otra. Agrego: todo lo que pienso puede ser falso. Lo incuestionable entumece. Pienso: en la duda, en el rechazo por lo que parece a simple vista demasido cierto, demasiado seguro o demasido cómodo, se encuentra el primer paso. Después, entonces, vendrá la crítica y la propuesta.
Empiezo a sentirme tranquilo, tal vez demasiado tranquilo. Siento que Oliveira se acerca por un costado y me rasca la cabeza con su uña fría y aguda. Me rasca la cabeza justo ahora, ahora que no me pica. Y me impulsa a conocer, aunque ahora no me pique, porque siento temor a que todo se plante, a que todo se endurezca y ya sea tarde.
Julio Cortázar escribe, Héctor Oliveira narra, el lector piensa y se somete a las nuevas reglas. La literatura se asfixia por exceso de convencionalismos y de seriedad, escribe Vargas Llosa, hay que purgarla de retórica y lugares comunes, devolverle novedad, gracia, insolencia, libertad; el estilo de Cortázar tiene todo eso. Cortázar juega, Oliveira enloquece; el lector se desorienta, se aturde y se cansa. El lector se hace niño y aprende a jugar.
Cortázar piensa en el capítulo 62 de su novela, Rayuela, y escribe otra novela. 62. Modelo para armar. ¿Qué pasaría si alguien pensara en cualquier otro capítulo, por ejemplo el 84, y escribiera algo? ¿Sería plagio? Que Julio no lo permita. ¿Qué dice el capítulo 84? El capítulo 84 no dice nada. Nada que no escape al espíritu de Rayuela. Es un capítulo más. Pasa desapercibido. Se funde, se confunde y se mimetiza con el resto. ¿Dónde lo ubica Cortázar? En la sección De otros lados. O sea, por el éter insolente de las morelianas, artículos de diario y demás faltas de respeto. El que narra es Oliveira, sí. Menciona a Ossip y a Etienne, también es verdad. Pero no hace a la historia. Aunque en verdad sí. O no.
Héctor Oliveira no es René Descartes. Sin embargo duda, toma conciencia de la importancia de la duda, usurpa territorios filosóficos y no da cuantas a nadie. Héctor Oliveira soy yo, sos vos, somos todos. Oliveira habla de biología en el capítulo 84. Error. Oliveira usa metáforas de contenido biológico: habla de amebas y pseudópodos. Tal vez. En fin, Oliveira da vueltas, como todos, intentando describir algo que no se puede decir con palabras. Comienza una vez, y otra vez, y otra. Comienza pero nunca termina, porque la idea en sí no tiene límites. La idea no comienza ni termina en ningún lado. ¿Cuál es la idea de Oliveira? La idea de Oliveira es más o menos así: “Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que llaman la madurez, el hombre hecho y derecho). En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo su parcelado ser, sus seudópodos irregulares, la sospecha de que más allá, donde ahora veo el aire limpio, o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción, yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro, me estoy esperando inútilmente”. No entiendo de qué está hablando, piensa el lector blando. Que no hable más, piensa el lector duro. Oliveira habla y nos muestra, quizás sin saberlo, la otra parte del iceberg, la que está sumergida, más allá de nuestros límites. Es el Oliveira de siempre. Sin razón, sin forma, mejor dicho, deformado. Continúa.
“A la ameba uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón –cuando quisiera conocer–, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación”. Oliveira tiene una idea y la expresa. Su carencia de claridad y de límites precisos no empaña la comunicación.
Dos personas ven una lámpara. Cada una tiene una reacción diferente. ¿Será posible, entonces, piensa Oliveira, que la aprehensión de la lámpara no tenga una forma única? Si esto es así, el conocimiento no tiene una forma propia. Por ende, la soberbia del conocimiento-roca, del conocimiento total, a prueba de invasiones y dislocaciones, se desvanece sin gloria.
Leo el capítulo 84 de Rayuela. Dudo. Anoto: todo lo que sé tiene una forma, pero puede tener otra. Agrego: todo lo que pienso puede ser falso. Lo incuestionable entumece. Pienso: en la duda, en el rechazo por lo que parece a simple vista demasido cierto, demasiado seguro o demasido cómodo, se encuentra el primer paso. Después, entonces, vendrá la crítica y la propuesta.
Empiezo a sentirme tranquilo, tal vez demasiado tranquilo. Siento que Oliveira se acerca por un costado y me rasca la cabeza con su uña fría y aguda. Me rasca la cabeza justo ahora, ahora que no me pica. Y me impulsa a conocer, aunque ahora no me pique, porque siento temor a que todo se plante, a que todo se endurezca y ya sea tarde.
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