Acerca de Glosa, de Juan José Saer

Esto lo escribí en marzo de 2000. Acababa de leer Glosa. El otro día reencontré el archivo y decidí subirlo al blog. Dice así.

Tuve la suerte de acercarme a una novela excelente en este tiempo, en estos últimos meses. Me acerqué, quizás, llevado por la más que buena impresión que me habían dejado otras obras anteriores del autor, Sombras sobre un vidrio esmerilado y Cicatrices. El autor del que hablo, valga la aclaración, es Juan José Saer, cuya obra, dicen en las contratapas, define uno de los caminos centrales de renovación en la literatura argentina después de Borges. Vacilo un rato y concluyo: no sé; yo no soy crítico.

Lo qué sí sé, o creo, bah, es que algunos párrafos del texto me han dejado, como se dice, o mejor dicho, como dice un servidor, obnubilado, encantado, alucinado, maravillado, meditabundo, cautivado, absorto–en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser más exacto, todo eso.

Y bueno, en este pequeño homenaje, me propongo citar algunos párrafos, para maravillarme de tanto en tanto, releyendo estas líneas de una terrible belleza estética, si se me permite la asociación aparentemente un poco contradictoria, entre aquel adjetivo y este sustantivo. Los párrafos, y las páginas entre paréntesis corresponden a la edición que en estos momentos tengo en mis manos, que es una edición de Seix Barral del año 1995. Sin dar más vueltas, vayamos a lo nuestro.

"Al cabo de un rato, como ya eran las dos de la mañana y el poeta había dicho doce menos cuarto doce, y como la mesa que ocupaba era el único islote estrecho rodeado por un mar de sillas dadas vuelta sobre las mesas y el suelo en el que apoyaba sus pies el único fragmento, de dos metros cuadrados, en que el piso no relucía listo para la apertura del día siguiente, el Matemático plegó en cuatro los Catorce Puntos, recogió su pipa apagada, pagó los dos cafés y salió a la calle. Un sentimiento nuevo se mezclaba a su humillación y a su rabia: la desesperación que sentimos cuando comprobamos que, por intenso que sea nuestro deseo, los planes de lo exterior no lo tiene en cuenta." (42)

Saer describiendo sentimientos, sensaciones, que no sólo son difíciles de definir, sino de interpretar.

"Leto ya no se ríe. La palabra radiotelefónico trae, como pegada en el reverso, la imagen de su padre: pero no es la tristeza lo que ha borrado la risa de su cara, sino esa gravedad un poco mecánica que asumimos cuando, con su llamdo insistente, un pensamiento o un recuerdo tratan de atraernos hacia el interior. Durante unos segundos, la narración del Matemático, intensa y bien detallada, se vuelve, poco a poco, palabras sueltas, ruido carente de sentido, rumor lejano, como si, a pesar del ritmo idéntico de la marcha y de los brazos que casi se rozan, caminasen por espacios disociados, probando en qué medida un recuerdo puede separar a dos hombres, hasta que, por fin, el llamado se desvanece, no sin dejar una huella imprecisa en su interior, como una mancha de la que se ignora el origen impresa en una pared blanca, de modo que la expresión de Leto se vuelve otra vez sonriente y atenta y las palabras del Matemático que, como veníamos diciendo, ¿no?, le está contando a Leto el cumpleaños de Washington Noriega, salen del horizonte de ruido y continúan llenando de imágenes, no siempre adecuadas, su cabeza." (48-49)

También hay lugar para la riqueza semántica. Las palabras se amontonan, se husmean, se combinan, juegan, se ensanchan, dando como resultado de esta nueva alquimia, un texto fresco y poderoso, mágico, impensable hasta hace momentos.

"El incidente Tomatis, masa blanda y oscura que acaba de enchastrar la mañana con sus salpicaduras pegajosas, se desintegra en el pasado, que es tiempo y calle recta a la vez, materia y soplo o fluido o quién sabe qué entrelazados, que la sucesión cristalina pero áspera de la experiencia, con ecuanimidad insondable, va descartando y dejando atrás –atrás, ¿no?, o sea en un abismo, más allá, en lo que es, por definición, inaccesible, y de lo que, piensan Leto y el Matemático, al unísono, si se nos permite la expresión, y con nada que tenga que ver con palabras, “no vale la pena ocuparse, en este momento por lo menos, en que un capricho de la contingencia, un azar convertido en don, una concatenación de los grumos dispersos de lo visible y de lo invisible, de los cuajarones inciertos de lo sólido, de lo líquido y de lo gaseoso, de lo orgánico y de lo inorgánico, de ondas y corpúsculos, ha venido justo a depositar en nosotros, en el centro traslúcido de esta mañana y no de otra, una reconciliación salvadora"." (184)

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