Encontré el siguiente párrafo que dijo George Orwell acerca de Ulises de James Joyce (en Inside the whale)
“Lo verdaderamente notable de Ulises… es lo corriente de su material. Claro que en Ulises hay mucho más que esto, porque Joyce es una especie de poeta y también pedante elefantino, pero en su auténtico logro ha sido poner en el papel lo conocido. Se atrevió –pues es asunto de atrevimiento tanto como de técnica– a poner al descubierto las imbecilidades de la mente interior, y al hacerlo así descubrió una América que todo el mundo tenía delante de sus narices. Ahí hay todo un mundo de materia que uno creía incomunicable por naturaleza, y alguien se las ha arreglado para comunicarla. El efecto es disolver, al menos momentáneamente, la soledad en que vive el ser humano. Cuando se leen ciertos pasajes de Ulises uno nota que la mente de Joyce y la de uno mismo están identificadas, que él lo sabe todo sobre uno, aunque jamás haya oído nuestro nombre, que existe algún mundo afuera del tiempo u del espacio donde estamos junto con él.”
Sobre Lolita, de Nabokov
Me encontré sobre el final de la novela con el siguiente párrafo:
"Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los caracteres literarios. Aunque abramos el Rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al buen rey arrojando su escudilla en violenta rebeldía, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. Nunca revivirá Emma, reanimada por las sales simpáticas en las oportunas lágrimas del padre de Flaubert. Sean cuales fueren las evoluciones por las que tal o cual personaje popular ha pasado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente y, de manera similar, esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Así, X nunca compondrá la música inmortal que no armonizaría con las sinfonías de segundo orden a que nos ha habituado. Y nunca cometerá un asesinato. En ninguna circunstancia Z nos traicionará. Lo hemos dispuesto todo en nuestra mente, y cuanto menos vemos a una persona determinada, es tanto más satisfactorio comprobar la obediencia con que se ajusta a nuestra noción de él cada vez que nos llegan noticias suyas. Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionaría no sólo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salchichas calientes, si un día publicara el libro de poesía más importante de su tiempo”.
Terminé de leer el párrafo y sentí que algo en mí había cambiado. Releí las líneas y me sorprendí con la exactitud de la apreciación que acababa de hacer el narrador, el abyecto Humbert Humbert, por lo demás inefable. Lo más peculiar era que esas palabras eran apenas incidentales en el desarrollo de la historia. Es decir, no me encontraba frente al to be or not to be. Y sin embargo, qué profunda marca acababan de dejar en mi memoria, de qué manera me habían conmovido.
"Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los caracteres literarios. Aunque abramos el Rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al buen rey arrojando su escudilla en violenta rebeldía, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. Nunca revivirá Emma, reanimada por las sales simpáticas en las oportunas lágrimas del padre de Flaubert. Sean cuales fueren las evoluciones por las que tal o cual personaje popular ha pasado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente y, de manera similar, esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Así, X nunca compondrá la música inmortal que no armonizaría con las sinfonías de segundo orden a que nos ha habituado. Y nunca cometerá un asesinato. En ninguna circunstancia Z nos traicionará. Lo hemos dispuesto todo en nuestra mente, y cuanto menos vemos a una persona determinada, es tanto más satisfactorio comprobar la obediencia con que se ajusta a nuestra noción de él cada vez que nos llegan noticias suyas. Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionaría no sólo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salchichas calientes, si un día publicara el libro de poesía más importante de su tiempo”.
Terminé de leer el párrafo y sentí que algo en mí había cambiado. Releí las líneas y me sorprendí con la exactitud de la apreciación que acababa de hacer el narrador, el abyecto Humbert Humbert, por lo demás inefable. Lo más peculiar era que esas palabras eran apenas incidentales en el desarrollo de la historia. Es decir, no me encontraba frente al to be or not to be. Y sin embargo, qué profunda marca acababan de dejar en mi memoria, de qué manera me habían conmovido.
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