Dice Oliveira: “Hay líneas de aire a los lados de tu cabeza, de tu mirada. Zonas de detención de tus ojos, tu olfato, tu gusto. Es decir que andás con tu límite por fuera y más allá de ese límite no podés llegar”. “Cuando creés que has aprehendido plenamente cualquier cosa, la cosa, lo mismo que un iceberg, tiene un pedacito por fuera y te lo muestra, y el resto enorme está más allá de tu límite”.
Julio Cortázar escribe, Héctor Oliveira narra, el lector piensa y se somete a las nuevas reglas. La literatura se asfixia por exceso de convencionalismos y de seriedad, escribe Vargas Llosa, hay que purgarla de retórica y lugares comunes, devolverle novedad, gracia, insolencia, libertad; el estilo de Cortázar tiene todo eso. Cortázar juega, Oliveira enloquece; el lector se desorienta, se aturde y se cansa. El lector se hace niño y aprende a jugar.
Cortázar piensa en el capítulo 62 de su novela, Rayuela, y escribe otra novela. 62. Modelo para armar. ¿Qué pasaría si alguien pensara en cualquier otro capítulo, por ejemplo el 84, y escribiera algo? ¿Sería plagio? Que Julio no lo permita. ¿Qué dice el capítulo 84? El capítulo 84 no dice nada. Nada que no escape al espíritu de Rayuela. Es un capítulo más. Pasa desapercibido. Se funde, se confunde y se mimetiza con el resto. ¿Dónde lo ubica Cortázar? En la sección De otros lados. O sea, por el éter insolente de las morelianas, artículos de diario y demás faltas de respeto. El que narra es Oliveira, sí. Menciona a Ossip y a Etienne, también es verdad. Pero no hace a la historia. Aunque en verdad sí. O no.
Héctor Oliveira no es René Descartes. Sin embargo duda, toma conciencia de la importancia de la duda, usurpa territorios filosóficos y no da cuantas a nadie. Héctor Oliveira soy yo, sos vos, somos todos. Oliveira habla de biología en el capítulo 84. Error. Oliveira usa metáforas de contenido biológico: habla de amebas y pseudópodos. Tal vez. En fin, Oliveira da vueltas, como todos, intentando describir algo que no se puede decir con palabras. Comienza una vez, y otra vez, y otra. Comienza pero nunca termina, porque la idea en sí no tiene límites. La idea no comienza ni termina en ningún lado. ¿Cuál es la idea de Oliveira? La idea de Oliveira es más o menos así: “Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que llaman la madurez, el hombre hecho y derecho). En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo su parcelado ser, sus seudópodos irregulares, la sospecha de que más allá, donde ahora veo el aire limpio, o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción, yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro, me estoy esperando inútilmente”. No entiendo de qué está hablando, piensa el lector blando. Que no hable más, piensa el lector duro. Oliveira habla y nos muestra, quizás sin saberlo, la otra parte del iceberg, la que está sumergida, más allá de nuestros límites. Es el Oliveira de siempre. Sin razón, sin forma, mejor dicho, deformado. Continúa.
“A la ameba uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón –cuando quisiera conocer–, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación”. Oliveira tiene una idea y la expresa. Su carencia de claridad y de límites precisos no empaña la comunicación.
Dos personas ven una lámpara. Cada una tiene una reacción diferente. ¿Será posible, entonces, piensa Oliveira, que la aprehensión de la lámpara no tenga una forma única? Si esto es así, el conocimiento no tiene una forma propia. Por ende, la soberbia del conocimiento-roca, del conocimiento total, a prueba de invasiones y dislocaciones, se desvanece sin gloria.
Leo el capítulo 84 de Rayuela. Dudo. Anoto: todo lo que sé tiene una forma, pero puede tener otra. Agrego: todo lo que pienso puede ser falso. Lo incuestionable entumece. Pienso: en la duda, en el rechazo por lo que parece a simple vista demasido cierto, demasiado seguro o demasido cómodo, se encuentra el primer paso. Después, entonces, vendrá la crítica y la propuesta.
Empiezo a sentirme tranquilo, tal vez demasiado tranquilo. Siento que Oliveira se acerca por un costado y me rasca la cabeza con su uña fría y aguda. Me rasca la cabeza justo ahora, ahora que no me pica. Y me impulsa a conocer, aunque ahora no me pique, porque siento temor a que todo se plante, a que todo se endurezca y ya sea tarde.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario